miércoles, 4 de noviembre de 2009

UN RECUERDO

Mi madre se apresuraba en ordenar la casa, a dejar todo dispuesto para acomodar – tal y como lo entendían ella y las deudas que nos acuciaban – al recién llegado.
- Estará al caer – me dijo – tu tío, ya sabes. Lo viste una vez, de pequeño, imposible que le recuerdes. Fue hace diez años en la maternidad.
- Vale. – Contesté, y seguí con lo que fuera que me ocupase, nada importante pero que mucho tendría que ver con mi bicicleta nueva.
Desde la cocina, el ruido de las ollas al chocar, de las tapas al caer al suelo y de los armarios al cerrarse, no conseguía apagar el chillido agudo de mi madre empeñada en destruir el ritmo caribeño de una cancioncilla. Jamás antes la había visto limpiar con el ahínco de aquel día. Ni siquiera cuando mi padre, aporreando la puerta por no encontrar las llaves, insultaba a mi madre con otra voz distinta a la de las mañanas, haciendo equilibrios en el pórtico, y la gritaba porque yo estuviera despierto si aún en calcetines asomaba la cabeza para oír los reniegos sobre la pocilga en la que vivíamos.
Por una vez ella corrió a coger el teléfono.
- Vale no te preocupes. Quédate donde estás. Ahora mando a Chus a por ti. - Y tras colgar me llamó, histérica, como buscándome en el patio de los vecinos.
- Se ha perdido donde el pantano. Cogió la pista de asfalto en lugar de la de tierra, el muy imbécil, eso que yo le indiqué bien. Reculará hasta el cruce. Ve a por él. Haz algo de provecho con esa bici tuya.
Salí deprisa, empujando la bici. No me era fastidioso el encargo. Permiso para ir al pantano, tan alejado de los límites por los que me permitían circular; y ahora, de repente, una orden, un mandato nervioso de mi madre liberaba de prohibiciones un sitio en mi deseo.
Pasé de largo un coche verde, un lupanar rodante provisto por el cliente. Más allá el deportivo de mi tío. Rojo. Y él de pie junto a la puerta, pequeño, mayor que papá.
- ¿Chus? – Preguntó - ¡ Dios, como has crecido!
Era imbécil, en efecto. Pero me regaló un balón de reglamento firmado por los jugadores de la selección. Cargamos la bici y nos fuimos para casa, contentos ambos, él por su conciencia limpia, y yo por mi nuevo amigo, el balón del equipo nacional.
Mi madre nos esperaba desvestida con unos pantalones cortos y un delantal colgando de sus pechos. Para dar la bienvenida entornó sus labios con voluptuosidad, luciendo el perfilado carnoso que según me decía era heredado.
- Tienes los labios de mi familia, – se jactaba a veces – igualitos a los de tu difunto abuelo.
Sin embargo, frente al espejo, mi boca carecía de rebordes prominentes. La suya aumentó, aunque ella lo negara. Papá no se dio cuenta. En ocasiones, llamaba a la puerta un cirujano. << La factura es cara>> - sonreía -<< probemos cómo funciona mi obra de arte>>. Y yo, loco de alegría, contando las monedas del médico, corría a darme un festín de golosinas y refrescos junto a mis amigos, en el bar de la plaza.
Allí fueron mamá y el hermano de mi padre. Al poco salió Antonio, el propietario, a impregnarme con su hedor a dinero rancio.
- ¡Niño, vete a tomar por culo con la pelotita! ¡Menudo estropicio de cristales que me vas a hacer! – Y dirigiendo su mirada hacia dentro del local recriminó - ¿quién cuida a este diablo?
La mujer que me trajo al mundo dejó muy clara su autoridad. Pero la invitación de aquel rey mago, el gusto a regaliz, y una caricia en el pelo, bastaron para quitar la quemazón de mis carrillos. Hubiera sido un buen momento que sólo la saliva del camarero pudo fastidiar.
- ¿Quién va a pagar esto?
- Yo – contestó mi tío.
- ¿Todo?
- Sí
- ¿Lo que se debe también?
- Mi marido tenía algunas deudas, ¿sabes? – Clarificó mi madre sin esconderse, tomando resuelta la mano de su cuñado.
- Sí. Ya sabes que sé. – Y dirigiéndose al hediondo añadió – No. Lo que se debe no. – Antonio nos dejó solos, no sin antes mirar a mi madre con sorpresa, como si la respuesta rompiera un pacto.
Las manos se alejaron meticulosas, alzando primero el meñique y luego, uno a uno, todos los dedos hasta el pulgar. La palma de mi madre, erguida al lado de su cabeza, evocaba palabras con gestos, voces de frustración condescendiente ante la negativa de mi tío. De nuevo sentí un roce en el cabello, esta vez más duradero, y por un momento me imaginé feliz junto a aquel ángel compasivo. Hubiera deseado quedarnos solos y percibir lejos a la arpía, quien, sin embargo, no conforme al perturbar con su presencia, interrumpió.
- No podré devolverte el dinero que le prestaste. Hizo mal uso. Me lo tendrías que haber dado a mí cuando te lo pedí. Yo no tengo vicios.
- Papá me compró una bici – dije
Y ella, simulando cariño, se inventó una lágrima al contestar:
- Sí. Es lo único bueno que hizo en su vida.
- No os preocupéis ahora por eso. Pero, visto lo visto, no hay testamento ¿verdad?
- Cierto. Quería asegurarme que vinieras. Su muerte no es motivo suficiente.
- ¡Pues mierda!. Si pagaba fue para no veros nunca, ni siquiera en su funeral. –Respondió mi tío, disponiéndose a arreglar la cuenta e irse. Escuché que gritaba: -¡Si los abuelos del niño no han querido venir, aunque fuera para verle!
- ¡Espera! – y mientras se abalanzaba en un ademán desesperado añadió – hay un asunto importante para nosotros. El seguro.
Ambos se sentaron, ella ansiosa y él pensativo, demostrando sorpresa o indiferencia, fingiendo constreñimiento por decidir si dar alguna explicación. Me observaba, molesto por el escudriño rogatorio de mis ojos atribuible al aprecio de sus dedos, no al desenlace de la disputa. Resolvió hablar.
- Sí, el seguro. Soy el beneficiario. No es por algo que tú hicieras sino por todo el mal que has soportado. Ningún verdugo confiaría en su víctima. Tú sabrás mejor por las marcas recientes; no todas se disimulan. – Al instante mi madre rompió a llorar de recuerdos. Incluso me compungí al reconocer la sinceridad del llanto. Mientras, él añadía – Demasiado sufrimiento. Conozco algunos detalles, sus lamentos de borracho cuando la culpa era demasiado fuerte. Él en tu lugar te habría matado. La idea le atemorizaba y el seguro era un incentivo. En mi opinión, padeciste más que una santa junto a mi hermano. Quédate con el Cielo. Yo no me casé contigo.
De zorra egoísta a santa, y yo, sin comprender, veía a la monja llorica recomponerse, cejar en su actitud de estatua milagrosa tornando ácidas las secreciones sanguinolentas. Se puso felina.
- ¿Qué fue lo que te pidió a cambio? Aun pidiendo favor, sabía como hacérselo para parecer que era él quién lo hacía. Era más pobre, pero más listo que tú. Algo manipularía en su provecho
- Te equivocas. Sólo mi seguro. Firmamos un cruce de beneficiarios. Un canje sencillo: sustituí a papá por tu marido.
- ¡ El soltero empedernido!. Sin ataduras ni familia a la que cuidar.- Y mirando el reloj de pared del bar añadió – Pasa esta noche con nosotros. Por el crío. Mañana quemamos a su padre y yo tengo que organizar. Me debes al menos eso, desde hace mucho. – Se encontraron mirando con la memoria en algún pasado avivado por sus ojos, candentes.
Mi tío vino con nosotros. Y yo no podía quitarme de la cabeza a mamá, luchando con él para pagar la cuenta del bar; ella que maldecía incluso las cuentas a escote, se mostraba altiva como anfitriona, convidando.

Me ensucié de grasa con la cadena de la bici. Me avisaron que ya podía entrar a cenar, que estaba todo listo, con un grito que duró hasta que salí del cuarto con las manos limpias, y mi madre detrás, en el espejo, diciéndome que no servía de nada salir a la calle si luego llenaba la casa de mierda. En la cocina mi tío jugaba con la asnilla que nos hacía de mesa, balanceándola a la vez que se reía del desequilibrio de las patas. Papá había abroncado a mi madre porque no las igualara. Ella respondía que no era culpa suya si se bebía el dinero de la mesa. Pero en aquel momento de buenos aromas no hubo recriminaciones. Cuñado y viuda se sonreían, cómplices de un plan que de algún modo me afectaba, cediéndose con miradas tontas el turno de anunciarme el dictamen de su pacto.
- Será mejor que mañana no vayas al funeral de papá. Tu madre y yo estaremos solos, no acudirá nadie del pueblo. Además madrugaremos; mamá quiere saber si me gusta el sitio que ha elegido para echar las cenizas.
- Total – dijo ella – lo podrás visitar al día siguiente, si quieres. Las tiraremos junto a tu árbol, al pie de la cabaña donde escondes los cardenales de papá.
- Vale.- respondí y quedé contento de que marcharan juntos a la habitación; sólo yo frente a mi plato recién hecho y dos más, sabrosos, engullí al ritmo del zangoloteo de la cama.

Ni siquiera estuve triste porque mi tío no se despidiera tras el entierro. Defraudado quizás, pero mamá me besó, exultando como cuando yo celebraba los goles de la selección, sin lascivia ni cariño sino más bien besándose a sí misma. La dejé hacer sin entusiasmo.

En el hospicio no encajé con mis compañeros. Cuando vinieron a llevarme yo regresaba de la cabaña. Lo que encontré junto al árbol, en las piedras, era sangre, restos de una maldad de la que, sin querer, yo formaba parte por habérseme revelado como si necesitara de mí para manifestarse. También era culpable. Maldije la carrera acelerada en la que mis pies, rodando más deprisa que los pedales, delataban no una vuelta sino una huida. Sin embargo la joven asistenta me serenó en otros términos. Al parecer mi madre no pudo soportar tanta desgracia y había entrado en crisis. Durante el tiempo que estuviera internada los del gobierno cuidarían de mí. Los otros niños, residentes por derecho en la casa del gobierno, se ensañaron ante un intruso.
No es que fuesen malos; sólo tenían conciencia de clase, eso era todo. Al segundo día de estar ahí uno de ellos vino a verme a la habitación.
- Ten cuidado –avisó – no pueden obligarte a contar lo que no quieras. A los menores nos protege la ley.
Sin tiempo a entender apareció el psicólogo del centro. Le acompañaban tres hombres de uniforme. Se desabrocharon las cartucheras vacías.
- Buenos días Chus. Estos señores te van a hacer algunas preguntas. Serán buenos contigo, ya verás, yo me encargo.
Apenas pude contener mi llanto. Temblé convulsionado por un miedo nuevo. Pensaba en las piedras, en la sangre, en mi culpa por ir a la cabaña, en la maldad que inmiscuía a un niño en su juego, en la carrera atropellada. Pero en cuanto comenzaron me liberé del temor.
- Hola majo, ten un caramelo.
- Tu madre nos lo ha contado todo, aunque nerviosa. Queremos que nos ayudes un poquito. Pronto vendrá a llevarte a casa. – yo no le había explicado nada a mamá, por lo que no me interrogaban acerca de la sangre.
- Tienes diez años, ¿verdad?
- Sí.
- ¿Quiénes vivíais en casa?
- Papá y mamá.
- ¿Siempre?
- Sí.
- ¿No vivió nadie más contigo?
- No.
- Pero, tienes otros familiares ¿no?
- Supongo. Todo el mundo tiene. Yo sólo he conocido a mi tío.
- Háblanos de él.
Aquí debía estar la trampa. Jamás recibía golosinas a cambio de nada. El caramelo cogió el mismo gusto de las monedas que me daba el doctor para alejarme de casa y proseguí alertado del sabor de cobre.
- Vino un día. Se quedó a dormir.
- ¿Con tu padre y tu madre?
- No. Papá ya había muerto. – Entonces se miraron como sobreentendiendo algo que yo no había dicho, como si la muerte de la que yo hablaba hubiera sido anterior a la que ellos certificaron. Pero yo estaba alerta. Yo conocía a mi madre. Yo tuve una intuición. Por eso, apoyándome en la inocencia de los diez años, afirmé: - Es lo que decía mamá.
- De acuerdo. ¿Hablaron de tu padre?
- Sí. Papá le debía dinero. Debía a mucha gente. – Fue la intuición, no yo, la que eligió este extracto de lo que oí en el bar.
- Volvamos con tu tío. ¿Llevaba algún objeto que, digamos, despertase tu interés?
- Me regaló un balón.
- ¿Nada más?. ¿Recuerdas si te enseñó algún revólver, aunque fuera para jugar?
- No.
- Y en tu casa, ¿teníais pistolas? – Dijo el único policía que hasta el momento permaneció callado.
- No, nunca.
- ¿Seguro?. Creo que tu padre tenía más de una. Piensa. Los niños sois muy fisgones. – se acercó a mí, un poco violento y yo nervioso me lancé a los brazos del psicólogo.
- No. No. No. Basta. Me estoy portando bien. Que no se acerque. Me da miedo.
- Se ha terminado – concluyó el doctor del centro. – Creo que ya hay suficiente para que corroboren la versión de su madre. Por favor, si me siguen...
Marcharon y yo me alegré de esta actuación postrera. En el centro me anunciaron que pronto volvería a casa. Yo también lo supuse pues comprendí el arrebato generoso de mamá al pagar la cuenta, su alegría tras el entierro, mi ausencia en el funeral, las crisis fingidas de no sé qué. Me imaginé a papá, esperando junto al árbol, a mi tío conducido por mamá hacia la trampa, y a mi madre ... resuelta, disparándoles o haciendo que se matasen. Si yo dudaba de algo era de que ella viniera a recogerme.
Sin embargo, vino. Se presentó con un vestido nuevo, de marca, y ceñido, de buscona. Subí a un taxi por primera vez que nos condujo por el sendero de la colina, el que llevaba a las casas de los veraneantes, a mi nuevo hogar. Y desde entonces era ella la que me daba monedas cuando recibía alguna visita masculina. << ¡Qué suerte>> - envidiaban mis amigos; y yo pensaba en lo provechoso de mi indolencia.

3 comentarios:

  1. Buenas, Angelillo.

    Acabo de leer tu segundo relato.
    Mola mucho, aunque a ver si te animas con alguno un poco más alegre. Ya sé que estamos en otoño, se acerca el frío, el cielo está tristón y todo eso, pero para insuflarnos un poquito de alegría que en los tiempos que corren hace falta.

    Bueno, bromas aparte, me ha gustado mucho. No sé si más o menos que el anterior, pero en cualquier caso, mucho.

    En fin, ánimo, a este ritmo pronto tendrás relatos para editar un recopilatorio!!!

    chau, pezcau

    ResponderEliminar
  2. A mi també m'ha agradat. Veig que t'agraden les històries de gent atormentada.

    ResponderEliminar